Cuento “Una mirada ingenua”

Una mirada ingenua

Por Liliana de los Ángeles Ceballos Vargas

 

Yo creía que era un hombre feliz. Tenía todo lo que un joven maduro puede tener. Una familia, una empresa, bienes, automóviles. Amigos, ¡muchos a mi parecer! Y era admirado, ensalzado frecuentemente; hasta que mi realidad se volcó en otra, que a su vez me parecía, ¡tan irreal! Abracé la idea de que era un mal sueño. Incluso muchos días en el hospital rehusé ver a Amanda y a los niños. Tenía miedo. No sé de qué. Un abismo se apoderó de mi vida. Un vacío sepulcral. Una sensación de frío me invadió. De pronto me sentí desdichado. Vacío, ¡eso es, tan vacío que apenas recordaba mi nombre y qué hacía en esta clínica!

Hoy van ocho meses que estoy aquí. Posiblemente en dos días me dan de alta. Sin embargo, la idea de salir no me entusiasma. Es más, me atemoriza. Como si fuera otro. Como si el Pedro de antes ya no fuera el de hoy. Como si fuera un niño pequeño, desvalido, consternado y no supiera qué será de mi vida. Como un feto espera en su abismo entrañable el despertar a la vida –fuera–, aunque teme que su madre se arrepienta de darle la oportunidad de llevarlo a casa. Sabe que ese lugar es prestado y que, hay, ¡mucho más! En alguna claridad que atisba a sospechar por los murmullos que se apoderan de su pared epidérmica, hermosa. Bellamente oscura, celestial cuando sospecha la claridad que hará reconocer el rostro de quien lo lleva.

Los niños están afuera. Insisto en llamarles así, aunque ya son unos adolescentes. Amanda no sé si ha venido. Seguramente sí, como todos los días.

–¡Papá qué tal! ¡Cómo estás hoy!

–Bien, y ¿ustedes?

–Bien, pero extrañándote.

–Mmm. ¿Puedes pasarme aquél libro que está sobre el mueble?

–¿Cuál? ¿El negro o el café?

–El negro. ¡Tengan!

–¿Qué son?

–Unas hojas que escribí para ustedes.

La muchacha sonrió y el joven se le quedó mirando, como tratando de reconocerlo.

–¿Te has sentido bien?

–Mucho mejor que antes.

–Mamá está afuera.

–Cuando salgan díganle que entre.

Amanda entró a verlo. Se secó las lágrimas, sonrió y suspiró hondo. Él la recorrió con la vista. La vio hermosa, esbelta –aunque siempre se quejaba de lo gordita que era–. La tomó de la mano y sonrió un poco. Reconoció en sus ojos la incertidumbre. Reconoció también otros sentimientos que escapaban proyectados a sus ojos como piedras en una honda. Ella le leyó como de costumbre, desde hacía cinco meses algunos pasajes de un libro al que él le decía: “El libro de la paz y los ministerios”. Cuando ella leía, él cerraba los ojos. Y su mente recorría cada escena de su vida, albergando alguna buena cosa que hubiera hecho. ¡Sabía que había hecho algunas! Aunque recordaba muy poco. Sabía con toda certeza que había vivido en un sueño y que a partir del accidente había despertado.

Amanda terminó de leerle y él suplicó escuchar más.

–Pensé que estabas dormido.

–No, me gusta imaginarme lo que me lees. Por eso cierro los ojos.

Pensó Amanda: “es como un niño…” Una chispa había regresado a su esposo desde el accidente. Dios había hecho el milagro de transformarlo, tanto que ni siquiera él se reconocía. La ingenuidad había posado sobre él su magia, su encanto. Llevaba la mirada tierna que solía tener cuando eran novios. La mirada que por muchos años buscó desesperada, conformándose con observarla aunque sea en foto. Ahora eran nítidos sus ojos, como antes.

La enfermera entró anunciando que era el momento de tomar las pastillas. Amanda sirvió agua en el vaso de vidrio que la clínica colocaba en la cómoda de cada habitación. Dio dos pares de pastillas a su esposo y lo observó, recordando algunos pasajes tristes de antaño. Él le había hecho mucho daño. Pero ya estaba todo en el pasado. Ahora era un hombre diferente. Ahora podía enmendarse. Recuperar el tiempo que malgastó haciendo una gran cantidad de dinero. Había qué reconocer, sin embargo que de no ser por ese monto, hubiera sido difícil costear algunos gastos médicos extras que no cubrió la póliza de seguro. Ella tampoco había sido buena con él. Se había refugiado en la materialidad que la vida fácil atribuye a una mujer solitaria. Olvidada por él había construido su mundo. Uno lleno de lujos y excesos.

Los niños estaban a salvo. Ellos seguían siendo los mismos buenos hijos de siempre. A pesar del descuido, del desamor cotidiano, estaban íntegros. Estaban protegidos. Quiso aferrarse a esa idea. Aunque recordaba haber dado demasiadas concesiones. Lujos que quizá no eran apropiados para ellos. Cerró los ojos y su mente dio vueltas haciendo un recuento breve de sus errores. Rogó a Dios que sus hijos estuvieran bien y que sus tropiezos no fueran infortunio para ellos.

La enfermera abandonó el cuarto y ellos se quedaron solos. Se miraron. Sonrieron y siguieron leyendo, cada quien albergando nuevas esperanzas de cambio.

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