Cuento: Una pausa

Una pausa

Por Liliana de los Ángeles Ceballos Vargas

 

Esperanza salió a la calle. A caminar, despejarse la mente. Mirar a los transeúntes, a ver si se le ocurría qué hacer. No sabía. Todo estaba tan incierto. Lo único seguro era que tenía qué trabajar para alimentar a sus hijos. Ellos demandaban alimento, vestido. Había qué pagar la luz, el agua, las pequeñas deudas que devoraban los pocos ahorros que había hecho en el transcurso de unos meses.

Ella ansiaba perdonar al padre de sus hijos, que vivía absorto, ensimismado en sus problemas y vicios. En su propia oscuridad, en la negación, la rebeldía, el fracaso. Quizá él era feliz. Quizá él en su simplicidad podía respirar el aire, y no sentir en el pecho el llanto ahogado. Las entrañas en medio del paladar. Los dolores de espalda. Él podía disfrutar, salir a la calle, comer algo con su dinero y regresar a su casa, tan ajeno de problemas tales como: “qué comerán hoy mis hijos”. “Mañana me cortan la luz”. O… “me falta jabón para lavar la ropa”. ¡Qué va!  Él sí era feliz.

Se sentó en una banca. Dobló una pierna sobre la otra y sin querer se miró los pies y las sandalias descuidadas, a punto de romperse. Se miró los talones de los pies ásperos, los callos y las uñas desarregladas. Respiró, una lágrima espesa se derramó por sus labios. Una furia la invadió, hizo rechinar los dientes, conteniendo el río que pretendían desbordar sus ojos grandes. Tragó saliva, se miró las manos para distraerse. Pensó que aún eran bellas. Miró su reloj, faltaba una hora todavía para pasar a buscar a los niños a la escuela.

Recordó que tenía un cuarto de frijoles y algunos huevos. Cerró los ojos, sintió la brisa de dos almendros que hacían sombra a su espalda. Miró alrededor constatando que no había nadie más que una viejecita alimentando a unas palomas. Se llevó las manos a la cara y cerrando los ojos, lloró abiertamente, hasta que la humedad de la nariz, la hizo detenerse, buscar en su bolso alguna servilleta. Respiró aliviada.

Qué mal había elegido en el transcurso de su vida. Todo era una cadena de decisiones incorrectas. Ahora su estado no era más que la consecuencia de sus errores, actitudes equivocadas, de su rebeldía.

–Si tan sólo hubiera salido de mí, escuchado consejos. Tanto tiempo viví en una fantasía, en la que me miraba víctima de todo y todos. Víctima a la que un victimario tomó manipulando su pequeña vida. Y…, yo pensando que esa manipulación era amor e interés genuino; me dejé arrastrar hasta convertirme en una mujer extraña de mi misma. ¡Quién era antes de ese tiempo!, ¡qué mujer permaneció escondida! ¡Qué extraña tomó prestada mi vida, qué me hice a mí misma!

Ahora soy dolor, vacío, “des Esperanza”… ¡Ay!… Están ellos, quienes no tienen la culpa, quienes no pidieron venir, quienes quizá sí saben, ¡quién es su madre!

Un sonido agudo la hizo recordar que tenía celular, y sintió un alivio, como si ese aparato fuera en sí mismo buen augurio de que pronto mejoraría su situación.

–¿Bueno? No recibió respuesta. Movió la cabeza y se dijo a sí misma. Qué tonta. Es un mensaje. Estos aparatos me sacan de mis casillas. -Apretó el botón del que se leía “ver”-.

En la pantalla del aparato apareció un mensaje del padre de sus hijos: “No te podré depositar nada esta quincena. No me han pagado y tengo muchos gastos. Besos a los niños”. Apretó con fuerza el celular, y lo dejó caer en su bolso de nuevo.

Sonrió de nerviosismo. ¿Hasta cuándo Dios voy a seguir pasando estas cosas?, se dijo en la mente, era una interrogante también para ella misma. Una pregunta que se había hecho muchas veces, una respuesta que exigía, ¡todo de ella misma! Una respuesta que imploraba la actitud de levantarse; caminar; luchar, amar, perdonar. Una respuesta que la volvía loca porque indicaba el lazo final que rompería la cadena de víctima que se había impuesto a sí misma hacía muchos años. Y de la que parecía imposible escapar. ¡Cuántas veces lo había intentado! Incontables… Una parte de sí misma encontraba contentamiento lamentándose, acariciando sus heridas, incluso rascándolas para hacerlas sangrar a propósito y así recordar “todo el daño que le habían hecho”. Este camino ya no era redituable. Sus hijos acaso heredarían este carácter iracundo, mediocre y depresivo. ¡No!, se dijo internamente, y se le enchinaron los vellos. ¡No!, dijo con voz fuerte y se acomodó en la banca, apretando las uñas desaliñadas, al calzado. ¡No!, volvió a decir, irguiéndose y tomando su bolso viejo, desgastado.

Un último ¡No!, la hizo sonreír aún sentada. Balanceó sus pies, los sintió ligeros, tuvo ganas de correr. Sacó el celular, borró el mensaje recibido. Esta vez recordó con amor al padre de sus hijos. Cerró los ojos y dijo para sí. Gracias Dios mío.

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